En los años ´80 y los ´90, cuando vivía en Maquinchao, busqué referencias que me ayudaran a entender la historia del lugar. Las publicaciones a las que tenía acceso en la biblioteca local traían información escasísima, que poco ampliaban las anotaciones que había dejado el director de la escuela, Merlo Rojas, en los años treinta. Años más tarde inicié un recorrido por otras bibliotecas, universidades y archivos y encontré, no sin sorpresa, que existía una cantidad de documentos, relatos de exploradores y artículos periodísticos que hablaban del lugar.

Para ser una localidad aislada en una de las zonas más inhóspitas de la Patagonia, Maquinchao tiene una rica representación en la literatura. Aquí presentamos una selección de los textos hallados : relatos de viajeros, documentos y producciones locales, escritos en tres siglos. Algunos se publican por primera vez en castellano. La intención fue hacerlos accesibles, que sirvan para valorizar la rica historia local, comprender cuántas esperanzas y sufrimientos encierra, y ubicarse en su devenir, que no ha concluido.

2002: La enfermera Violeta


Luis Cayuqueo : Nació un 26 de Octubre de 1959 en Maquinchao. Según cuenta en su blog, “Transita esta vida con Marcela. Ambos miman a la troupe : Pocho, Mingo, Tito, Cleo, Pepe y Coqui. Escucha de vez en cuando a Keith Jarret - uno de sus preferidos- pero no se olvida de Pink Floyd o algo de clásico o Silvio o Filho. Otras veces prefiere el silencio y los ruidos de la naturaleza. Le gusta leer, desde libros técnicos a literatura japonesa: Yoshimoto, Murakami, Mishima. Cultiva sus alimentos en la huerta y es de salir a caminar por los cerros del pueblo ,con una cámara siempre lista, la curiosidad lo puede y entonces siempre trae una ramita de algún yuyo que no conoce para preguntar. Le gusta mucho subir montañas y enseñar matemáticas y física” Hace poco se mudó a General Conesa. Sus crónicas y fotos de Maquinchao pueden verse en: http://lapaginadeluis.blogspot.com

Violeta estuvo un tiempo en las afueras de Laguna Blanca, haciendo para los lugareños las veces de agente sanitario, enfermera, partera y si la urgencia lo requería, también médico. Chofer y mecánico de la única ambulancia desvencijada en un lugar demasiado lejos como para poder llegar, frío y ajeno al beneficio de la ayuda social porque reditúa muy pocos votos. Los pocos habitantes desperdigados en ese tramo de meseta patagónica rara vez supieron de elecciones aunque en los registros oficiales figuraran como asiduos votantes. Ellos, y alguno que otro pariente o vecino muerto. A la Violeta la “volvieron” al hospital grande de la ciudad cuando por esto de los votos hizo muchas preguntas al comisionado de la zona, que era también juez de paz y retiraba la documentación de aquellos que en Laguna Blanca dejaban de resollar por picaduras de alimañas, entreveros a cuchillo, partos malogrados, hambre o endurecidos por la helada durmiendo campo afuera. Esos eran los votantes que vio la Violeta en el padrón marcados con la crucecita del sufragio cumplido.

-Descubrir cadáveres sobre el escritorio de un allegado al gobierno y estar viva para contarlo, eso es suerte- pensó. Por eso aceptó venirse ella y traerse consigo el silencio.

El mejor recuerdo de la Violeta: los nacimientos. Hechos en la salita de atención o en la casa de las madres. De apuro en la parte de atrás de la ambulancia, o a cielo abierto al reparo un cauce de lluvia seco entre las jarillas.

Le avisaban por radio, o venían a caballo. Violeta salía en la ambulancia llevando además de lo necesario para asistir el parto, la estufita a querosén para calentar un poco la pieza de adobe, fría por la intemperie circundante, y la botella vacía por las dudas. Es costumbre de las madres antiguas de la zona, soplar una botella obteniendo un silbido de tono bajo después de que nace el niño. Antiguamente, la hoy botella sería una vasija de barro hecha solo para estos menesteres que se trasfería de mujer a mujer, de preñez en preñez. Es creencia de estos lugares que al sacar silbido sereno de la botella, los espíritus circundantes ayudan a desprender la placenta de la madre, sin los riesgos que padecen hoy las que dan a luz bajo la tutela del progreso y la ciencia. Además convocaban a las entidades protectoras, ángeles, o suspiros del Nguenechén, que permanecerían de ahora en más velando por el niño, hasta que deje de serlo.

La familia del recién nacido concedía a la comadrona o partera, el honor de un nombre. De ahí que en Laguna Blanca todos tenían por lo menos dos nombres. El primero dado por la partera y el segundo por su familia. Aquel que tuviera un solo nombre por esos parajes era venido de afuera, o bien la madre pasó solita el trance de los dolores y el alumbramiento.

La primera vez que Violeta se vio envuelta en tamaño menester, solo tuvo una imagen fugaz de su primer amor (con quien le hubiera gustado tener un hijo) y bautizó al niño con el nombre de sus dulces nostalgias.

Así, en un tiempo no muy largo, los niños nacidos en Laguna Blanca eran nombrados por Violeta con los nombres de sus antiguos amores.

Aquellos por los que fue correspondida,

y aquellos por los que fue desairada.

Incluso los que jamás supieron de su amor

porque eligió amarlos desde el silencio,

puesto que alguna razón impedía hacer pública

la concreción de sus deseos.

Al ver sus primeras canas Violeta piensa en Laguna Blanca. Sabe que en todos los niños nombra a sus amores de siempre, se ve a sí misma rodeada por chicos que acuden a visitarla, sabiendo ella que por cada nombre que pronuncie, habrá un cosquilleo en el corazón.

Entonces cree que ese es un buen lugar para envejecer.

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