En los años ´80 y los ´90, cuando vivía en Maquinchao, busqué referencias que me ayudaran a entender la historia del lugar. Las publicaciones a las que tenía acceso en la biblioteca local traían información escasísima, que poco ampliaban las anotaciones que había dejado el director de la escuela, Merlo Rojas, en los años treinta. Años más tarde inicié un recorrido por otras bibliotecas, universidades y archivos y encontré, no sin sorpresa, que existía una cantidad de documentos, relatos de exploradores y artículos periodísticos que hablaban del lugar.

Para ser una localidad aislada en una de las zonas más inhóspitas de la Patagonia, Maquinchao tiene una rica representación en la literatura. Aquí presentamos una selección de los textos hallados : relatos de viajeros, documentos y producciones locales, escritos en tres siglos. Algunos se publican por primera vez en castellano. La intención fue hacerlos accesibles, que sirvan para valorizar la rica historia local, comprender cuántas esperanzas y sufrimientos encierra, y ubicarse en su devenir, que no ha concluido.

1948: La gran nevada


Silvia M. De Lazzeri, Otro gallo cantaría

Silvia Montoto de Lazzeri, nacida en Maquinchao y residente en Bariloche, afiliada desde hace muchos años a la Sociedad Argentina de Escritores y miembro de las Sociedad de Escritores Patagónicos, publicó varios libros de poemas y cuentos. Algunas de sus obras obtuvieron premios a nivel nacional y regional. Otro gallo cantaría y otros cuentos (Editorial La Lámpara, 2004) incluye cuentos inspirados en situaciones que vivió en su infancia y adolescencia en Maquinchao. Posteriormente publicó La libélula.


Fue en julio de 1948.

La tarde ya estaba promediando y el viejo Antonio no lograba llegar al rancho con la carga de leña que había ido a buscar al monte apenas amanecía.

-¡Vamos Pichuco, Luna!- les gritaba a las bestias, azuzándolas con el látigo que dibujaba en el aire su propio cansancio.

-Están viejos ya, ¡Qué más puedo pedirles a estos pobres matungos!-pensó- Bastante me han dado.

Sin embargo Antonio sabía que necesitaba un esfuerzo más.

Una tormenta de nieve se avecinaba por el Este y él conocía lo que eso significaba.

Apenas pudo cargar medio carro con raíces y ramas de piquillín y matasebo. El Turco Abdala ya se lo había advertido: -La última carga que ti doy. Turco ya ser demasiado generoso con paisano Antonio. El campo es de Abdala y de aquí no se saca un tronco más. ¿Me entiendí Usté?

¡Vaya si lo había entendido! Sabía que de ahora en más la escopeta del turco estaría alerta. No era hombre de promesas vanas, y un gesto amargo asomó a su rostro curtido por el viento.

¡Vamos Pichuco…fuerza Luna!...

Los animales subían sudorosos la última cuesta. Babeantes sus fauces, opacos sus ojos, y sobre las costillas, las varas pelándoles el cuero. La silueta del rancho asomó por fin en la lejanía. Un hilito de humo, como un suspiro agónico se elevaba desde la chimenea.

-Se están yendo las ultimas leñitas –pensó- ¡La pucha que duran poco!

En el rancho, arrebujada bajo las mantas y el quillango de zorro, estaba la Carmen, apagándose lentamente como los últimos destellos del piquillín en la chimenea.

Hacía 15 días que Antonio había terminado la changuita que, más por lastima que por necesidad, le había dado el vasco Wenceslao en la estancia. En el fondo del tarrito que hacia las veces de alcancía, sonaban apenas las últimas monedas.

Llegó finalmente al puesto y arrimó el carro al cobertizo donde almacenaba la leña. Desató los caballos y los llevó al bebedero.

En los ojos de Luna, esa yegüita alazana que por tantos caminos lo había acompañado sin desmayos, Antonio creyó leer un gesto de agradecimiento.

Pasó la mano por su grupa y arrimando su cabeza a la de la bestia le susurró en la oreja -¡Gracias Lunita,… Ud. sí que es una hembra guapa y linda!-… ¡No se me ponga celoso Pichuco que Ud también tiene lo suyo amigo!...-agregó, acariciando al otro animal.

Al cruzar el patio para entrar al rancho, una bandada de gorriones voló a baja altura. -¡Estos espían la tormenta!- pensó- ¡De seguro no pasa de esta noche!.

El rancho estaba frío y húmedo. Una capa de humo cortaba el aire. En el fogón, los últimos rescoldos parecían ojos de gatos en la oscuridad.

Un bulto casi imperceptible en un rincón de la única pieza del ranchito se movía apenas, era el cuerpo de la Carmen. Su brazo colgaba a una costado del camastro sarmentoso y seco como un tronco de viña.

Antonio le arrimó un vaso de agua a los labios resecos por la fiebre. La mujer apenas abrió los ojos.

-¿Se acuerda Carmencita cuando la traje pal`rancho? Era como en noviembre y los neneos estaban verdecitos. Yo le hice un ramo de lágrimas de la Virgen y se los puse en el escote…¡Qué vergüenza tenía mi novia, y yo estaba orgulloso con mi paisanita nueva…

-¿Cuántas nevazones habrán caído desde entonces? ¡Vaya uno a saber, ya ni me acuerdo!

Antonio descargó luego la leña y la acomodó en el cobertizo. Acarreó unas brazadas para el rancho, encendió la hoguera y cocinó el pan en el horno de barro.

Era medianoche cuando empezó a nevar, sólo se oía el sonido apagado de los copos al caer sobre el techo.

Antonio no tenía sueño, estaba inquieto por la Carmen que se quejaba y se revolvía en el camastro.

Sentado junto al fuego el resplandor de las llamas iluminaba su rostro ajado, con los ojos abiertos en la noche, viajaba en el infinito tren de los recuerdos.

Hacía treinta años que había venido por primera vez a los pagos de Colitoro para la esquila en la estancia de Wenceslao. Era verano, los neneos reventaban de capullos y el aroma inconfundible del campo esparcido en la brisa, llenaba sus jóvenes pulmones, mientras pensaba en aquella muchacha del pueblo que le había robado el corazón.

Antonio trabajó duro, no podía presentarse ante la Carmencita con pretensiones de casorio sin una moneda en el bolsillo, porque si era grande su amor, más grande era su orgullo.

A fuerza de sacrificios logró su objetivo.

Juntos levantaron el rancho, prepararon la huerta, criaron gallinas y conejos, compraron una vaquita y algunos chivos que Antonio vendió en el pueblo, con lo que vivían felices.

Al año nació el Jacinto, su único hijo al que criaron lo mejor que pudieron.

El muchacho, sin embargo, salió de mala entraña: Rebelde, pendenciero y haragán. Poco a poco se alejó del rancho.

-¡Déjalo que se curta mujer, que sepa lo que es la vida!- le decía Antonio para consolar a la pobre madre que vivía penando.

Y el Jacinto encontró el destino que había buscado…

La policía lo encontró cuatrereando a unas leguas del puesto y lo mató sin asco al desobedecer la orden de alto.

Con sus propias manos Antonio lo enterró en el fondo del patio, con las mismas manos callosas que habían trabajado sin descanso para hacerlo un hombre derecho.

La Carmen no se repuso más de aquel duro golpe. Junto a su hijo se habían ido todas sus alegrías.

En vano fueron los esfuerzos de Antonio quien no pudo volver a arrancar jamás una sonrisa de aquel rostro amado.

Casi amanecía…el fuego se había apagado. Apenas reverberaban algunos tizones. La nieve seguía cayendo cada vez más densa, cada vez más callada, moldeando los contornos irregulares del campo: ramas espinosas, redondeados coirones como copos de algodón y en esa inmensidad de soledades, en esa etapa blanca e infinita, el ranchito, como un mojón, donde un hombre y una mujer se consumían lentamente en aquel invierno del 48.

Homenaje a mi gente querida de la Línea Sur, que tanto vi sufrir en mis días de infancia en aquel invierno del 48.

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