En los años ´80 y los ´90, cuando vivía en Maquinchao, busqué referencias que me ayudaran a entender la historia del lugar. Las publicaciones a las que tenía acceso en la biblioteca local traían información escasísima, que poco ampliaban las anotaciones que había dejado el director de la escuela, Merlo Rojas, en los años treinta. Años más tarde inicié un recorrido por otras bibliotecas, universidades y archivos y encontré, no sin sorpresa, que existía una cantidad de documentos, relatos de exploradores y artículos periodísticos que hablaban del lugar.

Para ser una localidad aislada en una de las zonas más inhóspitas de la Patagonia, Maquinchao tiene una rica representación en la literatura. Aquí presentamos una selección de los textos hallados : relatos de viajeros, documentos y producciones locales, escritos en tres siglos. Algunos se publican por primera vez en castellano. La intención fue hacerlos accesibles, que sirvan para valorizar la rica historia local, comprender cuántas esperanzas y sufrimientos encierra, y ubicarse en su devenir, que no ha concluido.

1917: Germán de Maquinchao a Chichiguau


Ignacio Prieto del Egido, La novela de la Patagonia

Ignacio Prieto del Egido fue un escritor, ensayista y poeta español radicado en Argentina. Nació en 1895 en Astorga, capital de la Maragatería, una comarca de León de clima frío y tierra pobre donde se crían ovejas. Como muchos maragatos, Prieto del Egido emigró a la Argentina en las primeras décadas del siglo XX, viviendo primero en Buenos Aires y después en varios parajes del Neuquén y Chubut, experiencias que relata en La novela de la Patagonia (1938) de carácter autobiográfico, que es un importante testimonio de la vida de los pioneros entre 1915 y finales de los años 1920 en parajes desolados de la Patagonia. En uno de esos lugares lo encontró Julio Barcos, inspector de escuelas, que lo describió como un "raro spécimen de bolichero y literato que hacía números y escribía versos alternativamente detrás del mostrador". Publicó también libros de cuentos, poemas y ensayos y colaboró en El Pensamiento Astorgano, Claridad y otras publicaciones. La novela no se volvió a publicar.

El hechizo de la Patagonia. Germán va al Chubut

Dadas las dificultades con que tropezó Germán para encontrar un empleo en Buenos Aires, así fuera de escritorio, y mediando la circunstancia de haber agotado casi por completo sus recursos en un mes y pico de vacancia, no tuvo más remedio que tomar alguna decisión urgente.

-Si en un mes y días no encontré trabajo en Buenos Aires, ¿quién me asegura que esta situación no se prolongue por varios meses?- se interrogaba.

Y resonaban en sus oídos los consejos de los amigos: “Vete a la Patagonia; allí está el porvenir”, para convencerlo de que, efectivamente, si no encontraba el porvenir en la Patagonia, menos lo encontraría en Buenos Aires.

-Habrá que ir allá de nuevo –se decía-. Conoceremos mundo e intentaremos hacer capital. Tiempo habrá para las letras.

Y como ya había cogido el toro por los cuernos una vez, no le arredraba volver al desierto.

Visitó, pues, a los comerciantes que lo habían mandado al Neuquén, dispuesto a ir a cualquier parte, y estos le ofrecieron un puesto que había vacante de tenedor de libros en el territorio del Chubut.

Germán, sin titubear, aceptó y preparó el viaje.

En viaje

Serían las nueve de la mañana. A las diez estaba anunciada la salida del vapor “Río Negro”, que conduciría a Germán a San Antonio del Oeste.

Los muelles de la Boca palpitaban febriles en aquella mañana inolvidable para Germán. Embarcaciones múltiples se agrupaban en aquella vuelta del Riachuelo, cada cual de un tamaño, de una forma, de una bandera.

Dormían su sueño merecido y reparador unas, después de haberse bamboleado durante largos días en el proceloso atlántico. Manteníanse despiertas otras, con sus fuegos encendidos, a la espera de la acción inmediata. Los mástiles de todas ellas mentían un bosque. De innúmeras chimeneas se elevaban gruesas columnas de humo que se expandían con el vano propósito de empañar el cielo cárdeno.

Las ventrudas barcazas, agobiadas bajo el peso de la carga, esperaban turno para liberarse de la misma.

Al lado del trasatlántico arrogante de nombre extranjero, la humilde embarcación de matrícula nacional, fijaba ese contraste de desigualdades que impera en todos los órdenes de la vida.

Forzudos remolcadores surcaban el Riachuelo en ambas direcciones, removiendo sus aguas tranquilas.

Las grúas trabajaban sin cesar por doquier, extrayendo de las entrañas de los barcos, materiales y mercaderías que depositaban en chatas y camiones para su traslado.

De cuando en vez los agudos sirenazos herían el éter con sus gritos ondulantes, como zigzagueos de rayos sonoros.

Germán a bordo del “Río Negro”, se despedía de algunos parientes y amigos.

Un ronco silbo surgido de las entrañas del barco, anunció la partida; y el “Río Negro” soltó amarras, saliendo a remolque de entre las embarcaciones que lo circuían, para luego avanzar por cuenta propia acelerando la marcha, con la proa apuntando hacia lejanos horizontes.

Y nuestro soñador Germán, con un cajón de libros y otro de fruta, salió otra vez de su adorada Buenos Aires para hollar de nuevo tierras ignotas y conocer lejanos rincones de la Argentina inconmensurable.

Indudablemente, la Patagonia tiene su hechizo. Quien haya recorrido sobre el lomo de un caballo sus paisajes maravillosos y contorneado sus cerros múltiples; quien haya contemplado sus salidas y puestas de sol indescriptibles; quien haya admirado la magnificencia de sus volcanes humeantes y las crestas andinas coronadas por la nieve sempiterna, no se olvidará más de la Patagonia y volverá, o deseará, por lo menos, volver a ella, para extasiarse ante la contemplación de tanta belleza, de tanto misterio, y de tanta quietud como impera en aquel océano pétreo. Y Germán sufrió los efectos de tal hechizo. ¡Él, a quien no le faltó más que llorar de tristeza y de rabia cuando puso su pié en Zapala! Él iba de nuevo ahora hacia la Patagonia magnífica a dedicarle otra porción más de su vida, a meditar en sus glorias futuras y penurias presentes, frente a la naturaleza, que allí, en la Patagonia, se manifestaba en todo su poderío y todo su esplendor.

Así Germán, que conoció los rigores y los peligros de la región andina, iba hacia ellos de nuevo, con el alma un poco henchida de aventura y el corazón rebosante de esperanza.

- ¿No soy joven? – se preguntaba,- pues a conocer el mundo, a recorrer tierras. Por algo la suerte me saca de la ciudad y me lleva al interior. Veamos cuál es mi destino.

El “Río Negro” era un barco de carga con cuatro camarotes para pasajeros. En el de Germán iba un viajante de comercio. Ambos simpatizaron pronto y amenizaron su viaje con juegos, bromas y comentarios. Pasajeros y oficialidad del barco comían juntos en un reducido comedor.

Durante cuatro días navegaron rumbo al sur, viendo constantemente dibujarse en lontananza la costa, que allá, en los ribazos del horizonte, ponía una nota violácea que se recortaba en la limpidez del firmamento.

El “Río Negro”, azotado por las agitadas aguas de la orilla, se balanceaba bruscamente de babor a estribor.

Al cuarto día de navegación, el “Río Negro” anclaba en la bahía de San Antonio del Oeste, en el territorio de Río Negro.

Al desembarcar, Germán, divisó a un hombre en el muelle que se desgañitaba gritando:

- ¿Quién es el pasajero que viene de tenedor de libros para Chichiguau?

Y repetía cada vez con más fuerza la pregunta.

El tenedor de libros que iba para Chichiguau, era, claro está, Germán, a quien habían mandado a buscar y a quien solicitaban a gritos por ser desconocido; pero Germán guardó silencio. No se dió a conocer porque no le satisfizo esa forma de presentación pública.

Germán, acompañado del viajante compañero de travesía, recorrió el pueblo y la playa; en ésta había abundante material ferroviario tirado en la arena: ruedas, ejes, elásticos, abandonados, como sin dueño. El comentario surgió espontáneo.

- ¿Cómo no van a dar pérdida los ferrocarriles del Estado – repuso Germán,- con esta administración descabellada? Mire qué capital en accesorios se está aquí herrumbrando en la playa.

- Así es – asintió el viajante -. Pero, ¿qué saben en Buenos Aires lo que pasa a tanta distancia?

- Es que debían saberlo. ¿Cómo lo saben en los ferrocarriles ingleses?

- ¡Ah bueno! Lo particular siempre está mejor organizado y fiscalizado que lo del Estado.

- No será por falta de empleados.

Recogieron de la arena algunas conchillas y caracoles, en los que Germán escribió luego la fecha y los guardó como recuerdo.

Al día siguiente, Germán se separó del viajante y tomó el ferrocarril del Estado que lo condujo a Maquinchao, estación terminal en aquel entonces.

El tren era lento y sucio. La comida un poco peor que en los otros ferrocarriles y el té servido a base de leche condensada.

A Germán le hacía mucha gracias esta paradoja de la leche condensada en pleno campo, en parajes de excelentes pastos dedicados a la ganadería en gran escala. Sin embargo, la Patagonia que él iba conociendo era uno de los sitios del planeta donde más leche condensada se expendía y donde menos leche de vaca se tomaba. No había boliche de campaña que no tuviera en existencia los conocidos tarros de leche conservada. Por allí el lujo era la leche natural. Y se explicaba. Para tomar leche fresca, especialmente en los pueblos y sobre todo en el invierno, había que tener una vaca en casa y sostenerla con pasto seco y ración, todo lo cual cuesta y no en todas partes hay. Y eso era un gasto casi superfluo, ya que la gente aquella prefería el mate y el asado a la leche. Esto en lo que se refiere a hoteles y casas de negocio o particulares, claro, porque en los puestos de los hacendados, donde hay lecherías inclusive, toman leche, en verano se entiende, hasta los perros y gallinas. Pero Germán vivía en boliches y a ellos ajustó sus observaciones.

De San Antonio del Oeste a Maquinchao, había 376 kilómetros, que el tren recorría en seis horas, pasando por las estaciones intermedias de Valcheta, Nahuel Niyeu, Falkner, Sierra Colorada, Los Menucos, Cerro Abanico y otras.

Estas estaciones eran solitarias, sin núcleo urbano las más de las veces, contando cuanto más con alguna casa de negocio al lado. Se veían a la llegada del tren sulkys, caballos ensillados y algún auto de gente que llegaba y se trasladaba a su casa, distante a veces muchas leguas de la estación.

Maquinchao era un pueblito sin importancia, con menos casas y menos vida que Zapala, pero con mejor agua y radicado en una zona de mejores campos.

Germán se puso enseguida a averiguar en el hotelito al que se dirigió, dónde quedaba Chichiguau y cómo se podría llegar hasta allí.

- Chichiguau, -le dijo el dueño de la fonda – queda veinte leguas al sur y únicamente podrá ir si consigue alquilar caballos y un baquiano que lo acompañe.

- Buen programa – repuso Germán, que en vista de la distancia y las dificultades para llegar al punto de destino estuvo por renunciar a seguir.

Pero la dueña de la casa que oyó la conversación de Germán y su marido, dijo de pronto:

- ¿Usted quiere ir a Chichiguau?

- Si, señora.

- Pues aquí llego hoy un empleado de allá que sale mañana en sulky. Podría ir con él.

- ¿Dónde está?

- Voy a ver si está en la habitación.

Y volvió enseguida la mujer acompañada del mismo tipo que en San Antonio preguntaba a gritos por el tenedor de libros de Chichiguau.

Germán lo reconoció al punto.

- ¿Usted va a Chichiguau?- preguntóle Germán.

- Si. ¿Usted es el tenedor de libros que viene de Buenos Aires?

- Efectivamente.

- Pues yo le estuve llamando a gritos al desembarcar.

- No lo oí.

- Yo pensé que me hubiesen oído hasta los sordos. Bueno. Mañana podremos seguir viaje en sulky.

- Perfectamente.

Y al día siguiente, en la madrugada, partieron.

El camino era bueno, sin comparación con los del Neuquén que recorrió Germán; era llano en su mayor extensión y los caballos trotaban voluntariamente. Atado en las varas iba un tordillo mestizo, grande y fuerte, y como ladero un caballito criollo de color zaino.

A pesar de ser pleno invierno, - en el mes de julio – no había nieve y el sol alumbraba esplendoroso. Soplaba un viento helado que amorataba las carnes.

El campo que atravesaban era, hasta cerca de Chichiguau, propiedad de una compañía extranjera, que lo tenía alambrado y poblado con numerosas vacas y ovejas.

Germán y Dionisio, que así se llamaba su acompañante, conversaban poco. Germán, después de agotar cierto número de preguntas sobre la región, no sabía de qué hablar con un hombre de trabajo que no conocía. Además, el viento frío y la inmovilidad en el sulky, incitaba a hacerse un ovillo y permanecer callado.

Al mediodía, y después de haber hecho la mitad del camino, aproximadamente, hicieron un alto en el viaje. Dionisio sacó las provisiones que Germán acondicionó mientras su acompañante se encargaba de dar una ración a los caballos y comieron algunas vituallas sentados en el suelo.

Los caballos trituraban con fruición el grano.

Germán, mientras comía, paseaba su vista por el paisaje, por aquel paisaje tan poco diferente de los del Neuquén, adornado con cerros por todos los lados, cuyas cúspides nevadas bruñía el sol. Por planicies y lomas diversas, colgados de las estribaciones cordilleranas, como prendas de ropa puestas a secar, los ranchos de los puesteros. Y próximas a los mismos, dispersas por valles y cumbres, las manadas de ovejas y las vacas, hiriendo aquel silencio casi absoluto, con sus balidos, mugidos y relinchos, a los que ponía música el tintineo cencerril.

Terminado que hubieron la frugal comida compuesta por conservas, Germán se puso de pie, sacudió las piernas entumidas, dio unas cabriolas y sacando el revólver para ensayar la puntería, descargó seis tiros sobre un poste de alambrado. Habían descansado un rato hombres y animales y se reanudó el viaje.

A medida que avanzaban iba empeorándose la huella. Los cerros se hicieron presentes y había que bordearlos por un camino tortuoso y accidentado.

Por fin, ya de noche, al volver un cerro, Dionisio dijo a Germán:

- Ya llegamos.

Y poco después paraba el sulky frente a un galpón de zinc, de grandes dimensiones.

Germán preguntó:

- ¿Dónde queda la casa?

- Es ésta – repuso Dionisio.

- ¿Este galpón?

- Sí.

- ¡Mi madre! – exclamó Germán, lleno de confusión.

- ¿Así que es toda de zinc?

- Ya vé.

- ¡Que fresquita debe ser ahora en invierno!

- Calcule.

Al descender del sulky, patrones y empleados fueron hasta la puerta del patio a recibir a los viajeros.

Germán, muchacho joven y pueblero, al bajar del sulky con su traje de pantalón, zapatos de cabritilla charolada y sombrero de paja, oyó exclamar a la patrona:

- ¿Usted es el que viene de tenedor de libros?

- Sí señora.

- ¡Oh, Dios; oh, Dios! ¡Usted no dura aquí ni quince días!

La mujer decía eso por encontrar a Germán, por su vestimenta y edad, muy de ciudad y un tanto delicado para soportar las rigurosidades de aquel medio.

Germán en Chichiguau

Chichiguau estaba ubicado en el territorio del Chubut, a los 42º y fracción de latitud, próximo al límite de Río Negro que termina a los 42º. El paraje tomaba el nombre de un cerro así llamado, que significa en araucano “cerro chico”, y se encontraba frente a la Sierra Nevada (Pire Mahuida), y Sierra Catanlil.

La casa, situada en una pequeña planicie circundada por cerros nevados, estaba construida con chapas de zinc galvanizado. Era un galpón grande, que el escritorio dividía en dos, quedando a un lado el boliche y al otro lado el depósito abarrotado de mercaderías. En frente del galpón, tres piezas de adobe, una para cocina, otra para comedor y la tercera para dormitorio de los patrones. Ambas construcciones unidas por tapias, formaban un patio entre ellas. A cien metros de la casa, en la falda de un cerro, se divisaba un pequeño cementerio, con algunas cruces de chichiguaunenses que habían pasado a mejor vida. No había policía, ni escuela, ni iglesia en muchas leguas a la redonda. La comisaría más próxima estaba en Maquinchao, y no había en Chichiguau ni un triste destacamento. ¡Aquello sí que era soledad! ¡Aquello sí que era vivir por cuenta propia, valiéndose por sus propios medios cada cual! Pero nunca pasaba nada. Aquel paraje quedaba algo distante de la frontera con Chile, de donde pudiesen venir malhechores, y los pobladores de aquellos parajes, todos ellos conocidos entre sí, y gente de trabajo, más se ayudaban mutuamente que se atacaban.

La casa estaba habitada por los patrones con sus tres chicos, la sirvienta, dos empleados y un peón. El nuevo patrón de Germán era un tipo anodino que la mujer dominaba. Ésta, española, de la región maragata, era una mujer de aldea, semianalfabeta y voluminosa. La sirvienta era una muchacha joven, bonitilla, aldeana española también, a la que galanteaba un mediero de la casa. Los empleados eran dos, españoles igualmente, que en su tierra estuvieron dedicados a la labranza, como los patrones, y el peón era un chileno muy alegre que tocaba con cierta maestría la armónica. No había habitación para los empleados, como sucede casi siempre en la campaña. Se le proporcionó a Germán un catre de lona, de esos de tijera y un colchón, y preparó su cama en el depósito, donde dormían los empleados y los clientes que a veces quedaban alojados.

Germán, la primera noche no pudo dormir. Las heladas en aquel depósito de zinc, se dejaban sentir de un modo terrible. El frío le penetraba hasta el hígado. No era para menos. Con una temperatura de 20º bajo cero y entre aquel armatoste de chapa canaleta, que era un perfecto frigorífico, no se podía estar muy a gusto. Germán, pues, desde muy temprano oyó desde la cama los movimientos del peón que prendía fuego y, tan pronto como calculó que estaría prendido el fogón, abandonó la cama, para irse a calentar. Al ponerse en pie casi no se podía doblar. Estaba “duro de frío”, como dice la gráfica expresión popular.

El peón José que vio llegar a Germán, le preguntó:

- ¿Sintió frío anoche, patroncito?

- Frío y medio – respondió Germán.

- Cayó una heladita macanuda. El arroyo tenía una escarcha de a cuarta.

- Y luego con estas chapas de zinc…

- Si, estas chapas son friazas, pué ñor – dijo José, que como buen chileno, usaba y mezclaba los aumentativos y diminutivos.

José tomaba mate y, de cuando en vez tocaba la armónica, que siempre llevaba en el bolsillo y que era su debilidad. Germán, pues, mientras se secaba la cara, ya se había escarchado el agua que mojaba su pelo, sonando como cristal. El frío se sentía como si cayese por capas, hasta podría decirse que se palpaba y se asía.

Germán vio que cada cual tomaba un jarro enlozado grande, lo llenaba de café negro, que el peón había preparado y lo tomaba con galleta. El hizo lo propio y al tiempo de servirse preguntó a Dionisio:

- ¿No tienen vaca lechera aquí?

- No. Las vacas están en el campo. Si quiere en el boliche hay leche condensada.

Germán fue al negocio, cogió del estante un tarro de leche, se lo anotó en su cuenta y lo utilizó en el desayuno.

Enseguida se fue al escritorio, se impuso del sistema de contabilidad y al empezar a trabajar notó que la tinta estaba helada. El patrón le dijo que había que calentarla en la cocina y así lo hizo Germán, repitiendo la operación varias veces al día a causa del frío reinante. Y no sólo la tinta se helaba en aquel oculto paraje, sino el vinagre y la cerveza, como comprobó cien veces Germán.

Una de las primeras cosas que hizo Germán, aunque algo tarde ya, fue preguntar a su patrón cuál sería su sueldo. El patrón le fijó setenta pesos mensuales, que Germán, desde luego, como no tenía más remedio, aceptó.

El escritorio estaba formando por tabiques hechos con tablas de cajones, con rendijas por todos lados. Como el piso era de tierra, Germán busco un cajoncito, y de pie sobre él, trabajaba, sin que se le enfriasen tanto los pies. A cada poco, él, como todos, tenían que ir a la cocina a calentarse para seguir trabajando.

La comida se componía, invariablemente, de asado picante con papas, mañana y noche, que Germán no tenía más remedio que ingerir contra su gusto. Esto de la comida era lo que más extrañaba Germán. Para él el frío, aunque agudo, que lo soportaba como lo soportaban los demás, o la soledad, que el combatía admirablemente con la lectura, era lo de menos. Pero aquellos comistrajos picantes e insuficientes lo descorazonaban. En aquel Chichiguau, la comida era lo accesorio. Se desconocían allí, como en la mayor parte de los parajes patagónicos, las verduras, las legumbres, las frutas, la leche. ¡Cuánto no hubiera dado Germán en Chichiguau por tener a mano una lechería de aquellas de Buenos Aires, en que por diez centavos tomaba un vaso de leche pasteurizada! ¡Allí estaba en pleno campo, rodeado de vacas y tenía que evocar un vaso de leche!

Al tercer día de estar Germán en la casa, llegó un cliente chileno, que por tener animales abundantes y gastar mucho, tenía toda clase de privilegios en la casa. Iba y venía por donde se le antojaba; entraba al escritorio y hasta se despachaba solo su bebida. Se llamaba Domingo y era un poco más impertinente de lo necesario. Daba bromas de mal gusto a los empleados, los insultaba, y, a veces, corría igual suerte el patrón mismo. Este se reía socarronamente como diciendo: al freír será el reír.

Esa noche con la presencia del tal Domingo, ningún empleado durmió, pues entre los catres de los empleados estaba el del cliente borracho, que hablaba solo, cantaba, lloraba, vomitaba. Se levantó varias veces en la noche, ya para evacuar su vejiga, ya para exigir a los empleados que le diesen más vino. En la madrugada, Germán, que rendido por el sueño, consiguió dormirse a pesar de todo, despertó sobresaltado al sentirse tirado por los pelos. Era Domingo que le decía:

- ¡A ver, canejo, empleado dormilón, dame vino!

Germán sintió impulsos de darle un empujón y mandarlo de espaldas contra las bolsas de harina, pero se contuvo diciendo:

- ¿A estas horas?

- ¡Todas las horas son buenas para vender, canejo! ¿No os pago todo lo que me cobráis, rateros de miércoles, que venís aquí a robarnos nuestras vacas?

Germán se armó de paciencia y se levantó a despacharlo.

Escenas como ésta eran moneda corriente en Chichiguau.

Germán meditaba en ocasiones sobre su suerte, pero seguía sufriendo, pensando en su futuro de luces desde las sombras de su presente. El olvidaba todos estos sinsabores leyendo y escribiendo. Cultivaba su espíritu y acumulaba versos. ¡Quién sabe – se decía,- lo que me reserva el mañana! Y se quedaba en el escritorio aquel de zinc, sobre cuyos techos había a veces un metro de nieve, hasta altas horas de la noche, hasta congelarse casi, engolfado con la literatura. Tenía verdadero temperamento literario y sólo pensaba en triunfar, en alcanzar la gloria. Con ella soñaba, por ella vivía esperanzado. ¡Tan seguro estaba de sí mismo; tan íntimo era su fervor; tan inquebrantable su voluntad!...

Después de tres días de vida igual, Germán introdujo en la misma ciertas variantes. Sustituyó el pantalón por las bombachas y calzó botas. También dejó de dormir en el galpón, llevando todas las noches su catre al comedor, que por ser de adobe, era más abrigado. Por lo menos, trancando por dentro la puerta, nadie lo incomodaría.

Una mañana se presentó la patrona en el escritorio y le dijo:

- Germán, ¿quiere hacharme un poco de leña?

- Bueno.

Fue al patio, separó la nieve con la pala y empezó a dar mandobles con el hacha sobre los troncos de leña.

Otras veces la patrona llegaba al escritorio y decía:

- Germán, ¿quiere traerme un balde de agua?

El agua se traía de un arroyo que estaba a cien metros de la casa y que con las fuertes heladas estaba siempre congelado en su superficie.

Germán se armaba del hacha para romper el hielo del arroyo y el balde para el agua, y se iba con toda paciencia a complacer a la patrona.

Más adelante la patrona no hacía más que asomarse al escritorio y decir:

- Germán, agua.

- Germán, leña.

Como el peón salía al campo y la sirvienta era joven y tenía que atender los chicos, eran los empleados los que hacían estos menesteres.

Germán, cuando venía del arroyo, hollando la nieve con el balde de agua en una mano y el hacha en la otra, solía pensar: “Aquí viene el tenedor de libros”.

Pero los empleados, no sólo despachaban, hachaban leña y acarreaban baldes de agua, sino que servían a la mesa. A Germán le tocó también hacer de mucamo, ya que hacían esa labor los empleados, turnándose un día cada uno. Era de ver a Germán, retirando los platos de la mesa y sirviendo a todos los de la casa y a los clientes que solían invitar, a veces borrachos.

Germán cuando pensaba que había ido de Buenos Aires para servir a la mesa a aquella gente, se sintió rebajado. En ocasiones iba con los platos de comida y pensaba: “He aquí un poeta ascendido a mucamo”, y otras veces se decía: “para algo me había de servir el titulo de Perito Mercantil”.

En realidad, Chichiguau, era peor aun que Zapala y Sañi-Có. ¡Y todo por setenta pesos!

-¿Valía la pena – se preguntaba,- venir de tan lejos para ganar este sueldo y hacer este trabajo?

Pero él sabía que todo tiene término en la vida y que aquello no duraría, posiblemente, más que el tiempo necesario para reunir el dinero para el viaje de vuelta a Buenos Aires. Mientras tanto bailaría, ya que estaba en el baile. De todos modos, sería una aventura más; y la vida, ya es sabido que se compone de aventuras. Quien no tenga aventuras en su haber, como quien no haya amado, no ha vivido.

En Chichiguau también había araucanos, aunque menos que en Sañi-Có, por ser lugar menos próximo a los Andes, donde el civilizado ha confinado al indio.

Al día siguiente de llegar Germán a Chichiguau y estando éste en el boliche, llegó un indiecito, cuya presencia agrandó a Germán, quién le espetó:

- Mari, mari, kiempú.

El indio se quedó de una pieza al ver a aquel pueblero recién llegado, que vestía al uso ciudadano y que le hablaba en su idioma, contestó:

- Mari, mari.

- ¿Chen precisa aimi? –continuó Germán dispuesto a despacharlo.

- Pitrén –repuso el indio, o sea tabaco.

Germán le vendió un paquete de tabaco y le preguntó dónde vivía y cómo se llamaba. Se llamaba Loncoluan y vivía a media legua del boliche. Germán prometió visitarlo.

Ramón y Dionisio, los dos compañeros de Germán, se quedaron boquiabiertos oyendo a Germán hablar en araucano, ellos, que no obstante los largos años de estada en la cordillera, no sabían ni pío de aquella lengua.

Loncoluan tenía dos hijos y tres hijas mozas, y poseía, así mismo, una buena majada de ovejas y algunas vacas. Estaba, económicamente, en desahogada posición. Y era un hombre noble y bueno, como lo eran generalmente todos los araucanos.

Germán se impuso la tarea de enseñar a leer al indiecito que conoció primero, al día siguiente de llegar. Y le daba lecciones casi diarias, pues cuando Germán no iba a casa del indiecito, era éste quien iba al boliche, con igual disposición de ánimo que cuando se va a la escuela. Y logró Germán antes de irse de Chichiguau, enseñarle las primeras letras al hijo de Loncoluan.

Muchas noches solía pasarlas Germán, como algunas tardes de los días domingo, en casa de Díaz, vecino chileno, que vivía detrás del cementerio, a poca distancia del boliche. Díaz tenía dos hijas jóvenes, y tocando como tocaba el acordeón, solían organizarse bailes en su casa con el concurso de visitantes. Germán no participaba de tales bailes por ser poco afecto a la danza. Díaz era dueño de una buena majada y era un hombre servicial y bueno, con quien Germán simpatizó mucho. De no haber sido por Loncoluan y Díaz, la vida de Germán en Chichiguau, hubiera sido menos llevadera, pues la gente que lo rodeaba en la casa era poco simpática realmente.

El hijo menor de los patrones de Germán tenia veinte meses y no sabía decir más que “no”. La madre le preguntaba con su entonación maragata:

- Meguelito, hiju ¿tú quiés pan?

- No –respondía el chiquilin.

- Meguelito, hiju ¿tú quiés agua?

- No.

- Meguelito, hiju ¿tú quiés vino?

- No.

Y la madre después de estos tres nos del hijo, se lo comía a besos.

Germán hacía epigrama del hecho, que se repetía cien veces al día, diciendo que era admirable la claridad con que pronunciaba el no, un nene de sólo veinte meses.

Germán se dio cuenta del infantilismo e ignorancia de la maragata, al siguiente día de llegar, cuando, por la mañana, cogió un vaso de agua tibia y el cepillo de dientes y se entregó a la tarea de higienizarse la boca, en un rincón del patio. La maragata siguió curiosa los movimientos de Germán, y se le acercó preguntando extrañada:

- ¿Y usted que hace, oh?

- Limpiándome los dientes –repuso Germán.

- ¿Limpiándose los dientes? ¿Y no se lastima la boca con ese aparato?

- No, señora. Estoy acostumbrado. Es operación que hago dos veces al día.

- ¡Oh demo, oh demo, las cosas que se les ocurre a estos hombres de Buenos Aires!

Por la noche, después de cenar, todos, patrón y empleados buscaban la cocina a fin de calentarse e ir sin frío a la cama. Se hablaban ñoñeces, y cuando los patrones se retiraban, el peón sacaba su armónica y amenizaba la reunión con algunos bailables.

Al son de la armónica famosa del inefable José, el chileno, se bailó también algunas veces, cuando llegaba al boliche algún cliente con la familia y se quedaban dos o tres días.

Cuando Germán llevaba tres meses en Chichiguau, su patrón se ausentó a Buenos Aires. Por esos días vino al boliche el mediero Urrutia, novio de María, la sirvienta de la casa, que, como siempre que venía, permanecía dos o tres días embelesándose en la contemplación de su amor.

Y una noche, después de las once, cuando Germán ya había dejado la lectura y se disponía a dormir, oyó golpear la puerta del comedor.

Germán grito:

- ¿Quién va?

Como nadie respondiera, Germán insistió:

- ¿Quién es?

Más silencio.

Germán, sin dar importancia al asunto, dio media vuelta y se durmió.

Al despertar, en la mañana siguiente, oyó discutir en la cocina a Urrutia y María, interviniendo en el altercado Ramón y la patrona.

Más tarde, la patrona impuso a Germán de todo: Urrutia, dando crédito a tontas suposiciones de Ramón, creía que Germán y María se entendían y que por eso Germán dormía en el comedor al lado de la pieza de los patrones, donde dormía la sirvientita. Y, como la noche anterior Germán tuvo que levantarse para cumplir con una necesidad, creyeron Urrutia y Ramón que el motivo era otro. Y daban la cosa por hecha con la complicidad de la patrona. Por eso esa noche le golpearon la puerta para comprobar que estaba acostado en su cama y lo estuvieron vigilando casi toda la noche armados de winchesters, dispuestos a balearlo si lo veían entrar en la pieza de la patrona.

Germán rió de buena gana ante lo referido por la maragata, quien le aconsejaba:

- ¡No salga de noche! ¡Lo van a matar!

- Bueno, -repuso Germán.- Y si tengo necesidad de salir, dispararé al aire mi revólver para anunciarles mi salida.

La patrona sentía una mal disimulada simpatía por Germán, tanta como antipatía le tenía Ramón, sin causa alguna.

Al día siguiente, Ramón, que por ausencia del patrón y por ser habilitado gustaba de mandar y disponer, dijo a Germán:

- Germán, hoy vamos Dionisio y yo a levantar el cerco de piedra del corral. Venga usted también.

- No pienso hacer tal trabajo, -fue la contestación de Germán. –Ni aunque me lo mandase el patrón.

- Pues tiene que hacerlo; se lo mando yo.

- Ya le he dicho que no lo hago. Yo no soy hombre de músculos para pujar piedras.

- Así se acostumbrará.

- Hágalo usted si le da la gana. Yo no lo hago.

Germán dio media vuelta y se fue hasta la casa del chileno Díaz, que churrasqueaba después de largar la majada.

-Vengo a que me haga una gauchada, señor Díaz, -dijo Germán después del saludo.

- Siempre que pueda, cuente conmigo.

- Necesito ir a Maquinchao. ¿Usted me puede llevar, pagándole lo que sea?

- Con mucho gusto, sin necesidad de que me pague nada. ¿Cuándo quiere ir?

- Mañana temprano.

- Ni media palabra más. Voy a bajar los caballos.

-Muchas gracias –agradeció Germán, mientras oprimía la diestra de aquel hombre rústico, sano y generoso, como lo saben ser los pobladores de la Patagonia, cuando no son bolicheros o “civilizadores”.

Germán, al volver al boliche, anunció a la patrona:

- Señora, mañana me voy para Buenos Aires.

- ¿Se va?

- Si, señora. Tengo sulky y quien me lleve.

La maragata se quedó fría y aun dejó caer unas lágrimas. Ramón estaba presente y permaneció callado.

- ¿Y por qué no se va con el sulky de la casa? Que le acompañe José –prosiguió la patrona.

- Gracias, señora. Ya he aceptado otro ofrecimiento.

Germán empleó el día en preparar sus cosas y arreglar sus cuentas. Invitó a Ramón a que revisase su baúl, si lo deseaba, antes de cerrarlo y salió para despedirse del indio Loncoluan.

Loncoluan lamentó la ida de Germán, y al saber que le había pedido el sulky a Díaz, amonestó así a Germán:

-¿Pa qué macaniandu, patrún? ¿Por qué no pidiendo indio Loncoluan sulky y cabayus? ¿Usted no siendo amigo Loncoluan?

Germán agradeció el ofrecimiento del araucano y tuvo que hacer verdaderos esfuerzos dialécticos para convencerlo y evitar su resentimiento.

Y, al día siguiente, que lo era uno de los últimos del mes de Septiembre de 1917, Germán, con el sulky y la compañía del vecino Díaz, dejaba Chichiguau donde tiritó durante tres meses.

Hacia Buenos Aires

En Maquinchao, la dueña de la fonda en que se alojaba Germán, se admiró de ver a éste regresar de Chichiguau a los tres meses tan solo, y exclamó:

- ¿Cómo, usted no iba de empleado allí?

- Así es.

- ¿Y ya de vuelta? ¿No le gustó Chichiguau?

- Chichiguau, es, ni más ni menos, como cualquier otro paraje patagónico. Lo que no me gustó fue la gente.

Germán se despidió de Díaz, agradeciéndole sobremanera el paseíto de cuarenta leguas que se había dado por él con el sulky y caballos, y tomó el tren para San Antonio del Oeste.

En San Antonio averiguó Germán si no había otra ruta que la marítima para ir a Buenos Aires, y el hotelero le dijo:

- Sí, cómo no. Hay autos que van por Patagones hasta Stroeder, para tomar allí el ferrocarril a Buenos Aires.

- Macanudo –repuso Germán en perfecto criollo.

- ¿Y cuándo salen?

- Mañana a las siete, de aquí del hotel.

- Muy bien. Iré en auto.

Y a la mañana siguiente salían dos autos con ocho pasajeros, rumbo a Patagones.

Patagones es un pueblo pintoresco que data de la época de la colonia, de calles desiguales y accidentadas, festoneadas de casas, con tejados algunas de ellas, que se miran en el Río Negro, como para ver en él reflejada su coquetería. Germán recorrió el pueblo de arriba abajo, admirando su fuerte y sus casas coloniales, que le hacían suponer estarse paseando por algún pueblito español.

Frente a Patagones, separados tan solo por la anchura del río Negro, que baña a ambas, está Viedma, capital del territorio del Río Negro, Germán atravesó el río en una balsa y se paseó por Viedma, pueblo de moderno trazado, menos pintoresco y simpático que Patagones, que se enorgullecía de su convento que era lo único importante que tenía.

Germán dejó a Viedma y Patagones, que como dos ninfas rivales se bañaban en ambas márgenes del Río Negro, al que surcaban un sinnúmero de pequeñas embarcaciones, y siguió el viaje en auto hasta Stroeder.

Stroeder era la estación terminal del ferrocarril Pacífico.

Con ella eran tres las estaciones definitivas de tres ferrocarriles que conocía Germán: Zapala, ultima estación del F.C.S. Maquinchao, última estación del F.C.del Estado, y Stroeder, la última también del F.C.P.

Si bien Stroeder era menos importante como pueblo, que Zapala o Maquinchao, tenía en su haber la mayor proximidad a la civilización, distando solo 184 km. de Bahía Blanca y 824 km. de Buenos Aires, mientras Zapala dista 1500 km de la capital federal y Maquinchao 1476 km.

El tren de esa, para Germán nueva línea férrea, lo condujo a Buenos Aires.

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