En los años ´80 y los ´90, cuando vivía en Maquinchao, busqué referencias que me ayudaran a entender la historia del lugar. Las publicaciones a las que tenía acceso en la biblioteca local traían información escasísima, que poco ampliaban las anotaciones que había dejado el director de la escuela, Merlo Rojas, en los años treinta. Años más tarde inicié un recorrido por otras bibliotecas, universidades y archivos y encontré, no sin sorpresa, que existía una cantidad de documentos, relatos de exploradores y artículos periodísticos que hablaban del lugar.

Para ser una localidad aislada en una de las zonas más inhóspitas de la Patagonia, Maquinchao tiene una rica representación en la literatura. Aquí presentamos una selección de los textos hallados : relatos de viajeros, documentos y producciones locales, escritos en tres siglos. Algunos se publican por primera vez en castellano. La intención fue hacerlos accesibles, que sirvan para valorizar la rica historia local, comprender cuántas esperanzas y sufrimientos encierra, y ubicarse en su devenir, que no ha concluido.

1913: Arreglando la Patagonia

Bailey Willis, Un Yanqui en la Patagonia.

Bailey Willis, nacido en Estados Unidos en 1857, comenzó su carrera como ingeniero, pero luego se orientó hacia la geología tomando parte en expediciones que lo llevaron por el mundo (poco antes de venir a Río Negro a dirigir la Comisión de Estudios Hidrológicos estuvo en China). Actuó como consultante, realizó experimentos científicos y se involucró en actividades conservacionistas. Tuvo un papel destacado en la creación del parque nacional Mount Rainier en 1899. Más tarde en la vida se concentró en estudios de geología estructural y sismología, convirtiéndose en una autoridad mundial en terremotos. En 1913 acamparon en Maquinchao. Willis trazó el primer mapa detallado de la región. En Un Yanqui en la Patagonia relató sus recuerdos de esos días. Murió en 1949.


En épocas lejanas, aquí había muchos volcanes activos. Se fueron calmando y a lo largo de miles de años resultaron profundamente erosionados, de manera que sólo las cimas compuestas por las rocas más duras quedaron por encima de los amplios valles. Más tarde, de nuevo, la región generó actividad y las erupciones llenaron los valles con cenizas y ríos de barro. Torrentes de lava tan líquida que cubría la superficie como si fuera el agua de un lago terminaron por cubrir la llanura, abriendo en esa piedra dura los cañones cuyas paredes negras desorientaron a los ingenieros argentinos. Pensé – y luego comprobé- que era posible evitarlos y trazar una línea que cruzara los llanos, pero no me permitieron hacerlo.

Mientras las sombras se alargaban en dirección al este, bajé a caballo la ladera larga del Anecón Grande hasta llegar al agradable valle de Carilaufquen, controlado por los dueños ingleses de la Estancia Maquinchao, y vi expandirse delante de mí el grupo de pequeñas tiendas verdes que había abandonado en Valcheta. Nelson había corrido el equipo unos 240 kilómetros, la investigación topográfica avanzaba y la gente estaba de buen talante. Dos días después, llegaron los coches con las provisiones, cada uno tirado por ocho mulas y trayendo refuerzos para dos meses.

La escena del atardecer me hacía pensar en nuestras expediciones hacia el Oeste durante la Fiebre del Oro, unos sesenta años atrás. En el valle iluminado por el sol, los cocineros se afanaban en torno a los fogones, mis hombres –con la ropa descuidada después de otro día de trabajo- daban vueltas y se divertían entre sí y los indios -aguantadores sobre sus caballos- se lanzaban a arrear nuestra tropa de unos 150 animales.

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Al llegar a Leleque, el abrazo de Hackett casi me tira del caballo. Habíamos viajado juntos el año anterior y nos habíamos hecho amigos. Leleque era una estancia de ovejas y ganado vacuno, situada a los pies orientales de la cordillera, donde había alimento y agua para los animales. Hacia el este, se extendía hasta el altiplano donde pastaban las ovejas. También incluía zonas considerables de tierras aptas para la agricultura y era la más rica y rendidora de las grandes estancias inglesas que controlan la industria del pastoreo de la Patagonia norte. Las estancias Pilcanyeu y Maquinchao eran emprendimientos similares, pero como estaban ubicadas en el altiplano mismo, donde el agua es escasa, sus condiciones eran menos favorables. Apropiándose del agua disponible, los ingleses habían obtenido el control de la cría de ovejas. Poseían una proporción relativamente pequeña de tierras en las que los animales podían pastorear, pero arreaban sus majadas hacia zonas adyacentes, excluyendo a todas las demás ovejas. Predominaban las de raza Merino, a las que les bastaba una brizna de pasto para caminar más de un kilómetro con tal de encontrar otra, y que producen la lana fina y suave característica de su tipo. Pero allí donde las lluvias alcanzaban para un alimento más abundante, como en Leleque, era preferida la Lincoln de pelo largo.

Se estimaba que la Patagonia norte podía abastecer a diez millones de ovejas. La lana era exportada a Inglaterra, Francia y Alemania y regresaba en forma de bienes manufacturados, a precios altos. El sentido común pedía que esos bienes fueran producidos con la energía hidráulica de la cordillera, pero esa industria todavía no había sido organizada.

Hackett y yo nos sentamos junto a la fogata como dos viejos compinches y discutimos silenciosamente la situación. Él era escocés, un hombre de pocas palabras, habituado desde hacía tiempo a la soledad. Yo refrené mi inclinación a dar cátedra. Pensamos, dejamos caer alguna palabra, consideramos, y sabíamos que estábamos de acuerdo.

La provincia necesitaba la puesta en práctica de la ley, el orden y el desarrollo. No tenía sentido esperar mejoras de los empleados miserables y corruptos que estaban al mando. El remedio se encontraría en la introducción de buenos ciudadanos a través de la colonización dirigida, con un sindicato unido por contrato al gobierno central. Hacían falta diez o tal vez veinte millones de dólares. Era tarde cuando nos retiramos. Al día siguiente yo debía ir lejos, pero ya era el tramo final.

Pemberton había continuado el día antes; yo me desperté cuando salió el sol y lo alcancé al mediodía. Seguimos hasta que cayó la noche y, tras dos horas de descanso, volvimos a montar hasta el amanecer, a través de la noche clara y helada, cruzando mesetas de lava negra, pasando las fantasmagóricas llanuras de sal blanca. Frenamos ni bien vimos los primeros pastos y algo de agua. Manquito y yo habíamos pasado más de veinte horas en las monturas, pero él se dedicó con buen ánimo a atender a los caballos y conseguir algo para el desayuno. Dormí una hora, hasta que estuvo listo. Después de comer, me sentí fresco y miré a mi alrededor.

Nos encontrábamos en un valle moldeado por el viento, que seguía las curvas suaves del polvo depositado y estaba cubierto de pastos y arbustos del desierto. Las laderas largas y sinuosas terminaban en nudos de granito, con la altura suficiente como para dejar ver la lejanía. Tomé mi cámara y, guiado por un interés u otro, terminé escalando el promontorio más alto, a varios kilómetros del campamento. Desde allí pude ver la cordillera nevada, quizás por última vez en mi vida, pensé.

Cuando regresé al campamento, ya había pasado el mediodía. Alejandro había ensillado los caballos. Así que monté y fui comiendo mi barra de chocolate y mi rebanada de pan –de hacía dos semanas- mientras cabalgaba con Pemberton. El pasto para nuestros animales se había convertido en la principal necesidad. No había nada cerca del camino usual. Al final de la tarde vi unos caballos en una colina distante y, acercándome con el sufrido Chileno Negro, descubrí tanto pasto como agua. Luego dormimos. Durante los dos días siguientes cabalgamos bajo una dura tormenta de lluvias frías, una experiencia muy poco común en esa región, hasta que llegamos a la estancia Maquinchao. El trabajo de campo de 1913 había terminado.

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